La seguridad alimentaria dejó de entenderse únicamente como un reto de producción para consolidarse como un problema estructural donde convergen energía, agua, tecnología y desigualdad social. La infraestructura que sostiene el sistema —aunque muchas veces no se vea— resultó determinante para garantizar el acceso real a los alimentos.
Durante el panel “La infraestructura invisible” en WESS 2026, especialistas coincidieron en que el mayor desafío no radica en la falta de recursos, sino en la desconexión entre datos, políticas públicas y realidades territoriales. La discusión reveló que medir no siempre significa entender, y que detrás de las cifras persisten brechas profundas en acceso, calidad y equidad.
Medir no es garantizar acceso real a la energía
El panel fue moderado por Santiago Barcón, CEO de PQ Barcón, quien abrió el debate cuestionando la forma en que se mide el acceso energético. El especialista señaló que los indicadores actuales pueden generar una percepción distorsionada de cobertura, al considerar electrificadas comunidades donde la infraestructura existe, pero no necesariamente el servicio.
En ese sentido, Karla Cedano, líder del Laboratorio de Innovación y Futuros del Instituto de Energías Renovables (IER) de la UNAM, enfatizó que “tener un cable cerca no significa que una familia tenga energía”, al subrayar que la información debe reflejar condiciones reales. La especialista agregó que “la data son personas, son familias”, por lo que insistió en la necesidad de construir métricas que integren calidad del servicio y pobreza energética.
Sistemas interconectados y brechas en el campo
Uno de los consensos centrales fue que los sistemas energético, hídrico y alimentario operan de manera interdependiente, pero con profundas desigualdades. Keny Parisheck, coordinadora de la Red Agrovoltaica Mexicana (RAMe), advirtió que el sector agrícola enfrenta rezagos estructurales, al señalar que “no hay una tecnificación del riego” y que el 76% del agua en México se destina a esta actividad.
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Desde el Instituto Mexicano del Petróleo (IMP), Susana Rodríguez explicó que la toma de decisiones requiere integrar múltiples variables. “Son distintos elementos que se entrelazan para poder tomar buenas decisiones”, afirmó, al destacar la importancia de formar capacidades en comunidades y adaptar soluciones tecnológicas a cada región para mejorar el uso de energía y agua.
Lo invisible: mujeres, calor y comunidades
El panel también amplió el concepto de infraestructura hacia dimensiones sociales y cotidianas que suelen quedar fuera del análisis técnico. Karla Cedano sostuvo que “la gran infraestructura invisible son las mujeres”, al reconocer su papel en el sostenimiento del sistema alimentario y energético, especialmente en comunidades rurales.
En esta línea, Mirelle Segovia Martín, de la Agencia de Energía de Yucatán, subrayó que el desarrollo energético debe ser incluyente: “no debemos dejar a ninguna mujer atrás”, al referirse al papel de las mujeres en la producción de alimentos.
Por su parte, Marisol Oropeza, fundadora de Heat Changers, advirtió que el consumo energético no se limita a la electricidad. “Cuando hablamos de energía, pensamos en electricidad, pero el calor también es parte fundamental”, explicó, al cuestionar cuánto impactan actividades cotidianas como el uso de gas en emisiones y consumo energético.
La discusión dejó claro que la llamada infraestructura invisible no solo está compuesta por redes físicas, sino por sistemas sociales, datos y decisiones que determinan quién accede realmente a la energía y, en consecuencia, a los alimentos. Más que expandir cobertura, el reto planteado fue hacer visible lo que hoy permanece fuera de las métricas y del diseño de políticas.
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