La seguridad alimentaria global enfrenta desafíos crecientes que afectan a millones de personas, definida como el acceso constante a alimentos suficientes, inocuos y nutritivos para una vida saludable.
En 2024, alrededor de 673 millones de personas padecían hambre, un descenso leve desde años previos, pero aún por encima de niveles prepandemia, con África y Asia Occidental como focos críticos. Esta situación refleja un equilibrio frágil entre producción, distribución y acceso equitativo.
Entre las principales causas económicas destaca la inflación de precios alimentarios, impulsada por respuestas fiscales a la COVID-19, la guerra en Ucrania y fenómenos climáticos extremos que elevaron los costos hasta un 13.6% en 2023. Los países de bajos ingresos sufrieron picos del 30%, exacerbando la pobreza y limitando el acceso a dietas saludables para más de 2.600 millones de personas en 2024. Además, la degradación de suelos y la deforestación —responsable del 90% de la pérdida forestal— reducen la productividad agrícola a largo plazo.
Los conflictos armados emergen como el factor principal, agravando el hambre en zonas frágiles con inestabilidad política e instituciones débiles, como se ve en regiones de África donde supera el 20% de la población afectada.
El cambio climático intensifica sequías, inundaciones y “condiciones secas-calientes” que amenazan cultivos, mientras la urbanización y migración rural desvían recursos de la agricultura tradicional. Estos elementos combinados duplican la inseguridad alimentaria aguda desde 2019, alcanzando 318 millones en crisis para 2026.
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Consecuencias devastadoras
Las consecuencias humanitarias son devastadoras: desnutrición crónica afecta a 190 millones de niños menores de cinco años, con retraso en el crecimiento al 23,2% global y obesidad adulta en ascenso al 15,8%. En América Latina, 41 millones sufren hambre debido a tensiones económicas y climáticas, perpetuando ciclos de pobreza e inestabilidad social. La anemia en mujeres aumentó al 30,7%, impactando la diversidad alimentaria mínima en un tercio de los infantes y dos tercios de mujeres adultas.
A nivel socioeconómico, la inseguridad alimentaria frena el crecimiento económico al debilitar la fuerza laboral y elevar costos sanitarios, con el Programa Mundial de Alimentos recortando ayuda a decenas de millones por falta de fondos. En países en desarrollo, el desempleo y sistemas de protección social inadecuados agravan la desigualdad, mientras la falta de acceso a tecnologías e insumos limita la producción ganadera y reduce mercados accesibles. Esto genera migraciones forzadas y tensiones geopolíticas en el hemisferio occidental.
Ambientalmente, la expansión agrícola erosiona ecosistemas, aumentando la vulnerabilidad ante eventos extremos y amenazando la resiliencia global para 2030, donde se prevén 512 millones en subalimentación crónica, 60% en África. La malnutrición oculta por micronutrientes afecta miles de millones, sobrecargando sistemas de salud y perpetuando inestabilidad en regiones volátiles.
Finalmente, abordar esta crisis requiere políticas integrales: protección social focalizada, inversión en I+D agroalimentario, infraestructura y comercio equitativo para contrarrestar inflación y conflictos. Sin acción coordinada entre FAO, PMA y gobiernos, el ODS 2 de “Hambre Cero” para 2030 quedará inalcanzable, con costos humanos y económicos irreversibles.
SEGURIDAD ALIMENTARIA GLOBAL: Causas y consecuencias. 1er panel de WESS 2026
La siguiente edición de Women’s Energy & Sustainability Summit precisamente tendrá en su primer panel la temática de seguridad alimentaria, una mesa de diálogo en la que se analizarán los factores que generan desigualdad en el acceso a los alimentos, incluyendo el cambio climático, la degradación de suelos, la pérdida de biodiversidad y la distribución desigual de recursos. Se discutirán las repercusiones socioeconómicas del hambre y la importancia de fortalecer políticas y sistemas que garanticen alimentación suficiente y nutritiva para todos.
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