Escrito por: Opinión, Santiago Barcón Palomar

Se le fue su sexenio

sexenio

Quedan menos de 365 días para tener nuevo gobernante. Para efectos prácticos, la mitad, porque ya sabemos cómo funciona la burocracia: ¡El rey ha muerto, viva el Rey! (las minúsculas y mayúsculas intencionales) Queda mucho por hacer, pero si alguna lección nos queda, es el buscar acuerdos… antes de sentarse en la silla

Por Santiago Barcón

Ingeniero eléctrico por la Universidad Iberoamericana. Coautor del libro “Calidad de la energía”. CEO de BAORGG y PQ BARCON

El tiempo entre la elección y la toma del poder en México es muy amplio. Cierto, ocasiona un vacío de autoridad, pero, por el otro lado, constituye un periodo ideal para planear y medir lo que es lograble.

Uno de los graves errores del sexenio actual fue pensar que, por tener mayoría, se podía llevar a cabo lo que se deseaba. No hay duda de que ayuda, sin duda, pero al no contar con mayoría con capacidad de modificar la Constitución en las Cámaras, el margen de maniobra resultaba, y lo fue, muy limitado. El enfrentamiento continuó, que a tantos alteraba (yo nunca le presté atención, como quien oye llover) lo que destruyó posibles puentes y conseguir acuerdos.

Esto ya es historia y, desgraciadamente, al igual que Fox, perdió una oportunidad extraordinaria para lograr un verdadero cambio y no uno autoproclamado e inexistente. Las transformaciones se hacen, no se cacarean.

Por supuesto que, el otro “bando” se comportó en una forma deplorable, creyendo que tienen la justicia divina y un derecho inalienable de evitar cambios, así como una creencia ciega en los mercados que se ha comprobado, como le vemos en Alemania, son una guía, pero no la panacea.

Resulta sorprendente que, pasan sexenios y no acabamos de comprender que lo que necesitamos no son nuevas leyes, más vacaciones, inclusión en el trabajo y tantas “modas” quizá necesarias pero que no cambian nuestra realidad.

La fórmula es sencilla: infraestructura. No añado más porque estoy convencido que, en cuanto se mencionan otros objetivos, que casi con certeza son más baratos, vistosos y fáciles de implementar, se olvida que la base del cambio es el contar con las carreteras, líneas de transmisión, aeropuertos, ferrocarriles (donde realmente haga sentido); presas, bombeo de agua, plantas de generación, metros, escuelas y universidades, parques; transporte público, electrificación, hospitales y tantos más.

Con eso, los mexicanos sabremos cómo ganarnos la vida. Basta ver a nuestros paisanos que cruzaron el río Bravo y lo bien que les va. Cierto, la facilidad de hacer negocios y trámites ayuda, pero sin infraestructura no se avanza realmente.

¿Más productividad?, infraestructura. ¿Mejor salud?, infraestructura. ¿Mayor generación de empleos?, infraestructura. ¿Atracción de inversiones?, infraestructura. ¿Seguridad?, infraestructura; y ya no sigo porque la infraestructura es la condición sine qua non.

Un punto primordial es que, esto requiere de un verdadero Plan Nacional de Infraestructura, avalado por expertos, que determinen las mejores opciones; no iluminaciones, ni corazonadas. Ya hemos tirado mucho dinero con proyectos políticos y de revanchismo personal. Si no está aprobado por un órgano independiente con capacidad técnica, simplemente no se construye. Siempre que se menciona el desarrollo, la creación de igualdad de oportunidades, “acordarnos de los más necesitados” y tantas expresiones similares, podemos tener la certeza de que no se analizó con rigurosidad y, peor aún, sin una evaluación económica rígida.

Por ello, las sugerencias que me han honrado con solicitar mi opinión, tienen un denominador común: infraestructura. No sé si necesitamos o no más renovables, geotérmica, ciclos combinados o nucleares. Lo que sí no hay duda es que, sin contar con líneas de transmisión, ninguna es viable. “No me des, ponme donde hay”, como siempre la sabiduría popular supera a los más sesudos.

La democracia implica el saber escuchar y no en aferrarse en la posición que uno piensa que es correcta, de lo que cojeamos todos, y mientras más lo negamos…, más cierto es.

Recuerdo, para mis lectores ya tienen canas (en mi caso cabello escaso como me pusieron en el pasaporte) de la película Kramer vs. Kramer, parodia y con una lección importante: nadie gana en los enfrentamientos sin diálogo.

En consecuencia, creo cardinal el cuestionar a los candidatos sobre su visión en este tema y, más importante, cómo piensan implementarlo. En México hay capacidad de sobra, pero por desgracia, los mejores políticos toman decisiones que los superan en varios órdenes de magnitud.

En mi área, dado que soy ingeniero eléctrico, mi vida mejoró cuando decidí mandar mi oreja a tierra de aquellos que hablan sin haber pisado una subestación o trabajado en una planta industrial; realmente enfrentando los retos y conociendo de primera mano es lo que se requiere. Fuera de eso, todo es poesía.

Ya sé, estoy pisando callos y me dirán como ya me ha sucedido: “un abogado puede aprender de energía”. La conversación se acaba cuando le pido que entonces reconozca que un ingeniero puede ser ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. De hecho, a reserva de que me recuerden a mi madre (quien con su sabiduría desde niños nos dijo: “Acepten todas las mentadas de madre. Tengo una enorme reserva para recibir. No se envalentonen”) es mucho más fácil que un ingeniero aprenda de derecho que viceversa. Mi punto es claro, de nuevo la sabiduría popular: “zapatero a tus zapatos”.

¿Qué hacer? En primer lugar, expresar nuestra opinión y reconocer que se tendrán visiones diferentes. En las conversaciones de WhatsApp se encuentra uno con “paladines” que son difíciles de asimilar. Muchas me aconsejan: “No los peles” lo cual hace sentido, en el corto plazo, pero valida su posición ya que, en perfecto silogismo, el que calla otorga.

En segundo sitio, el proponer alternativas y buscar ángulos diferentes, usar analogías, ponerle números (siempre referenciados a qué más se puede hacer: “Esto o ya bien 65 hospitales”) y enfocados en la propuesta.

Termino con algo que nunca olvidaré de una de las películas más “palomeras”: “Bubble Gum Rally”, una competencia sobre quién llegaba primero manejando de Nueva York a Los Ángeles; desde pilotos disfrazados de sacerdotes -por si los detenía la policía- hasta autobuses de escuela. Pero uno era un Ferrari espectacular quien contrató a un campeón de Fórmula 1; que al subirse al auto arranca el espejo retrovisor rompiendo el cielo del techo y dice: “Lo que queda atrás, no importa”. Sabias palabras que nos vienen como calcetín en estas épocas.

…como lo viste en Edición digital EH No 220 diciembre 2023

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