Escrito por: 360°, Erick Ortiz Vega, Opinión, Sustainability & CSR, Sustentabilidad

Tempus fugit o el tiempo vuela

tiempo

El tiempo es un recurso que nació democrátizado, la humanidad da por hecho que lo tiene ¿será por ello que lo obviamos?

Erick Ortiz Vega
Socio fundador de Sulvolta

Hubo un tiempo en el que solíamos ser hombres, aunque ahora
nos hayamos convertido en árboles
Dante Alighieri, La Divina Comedia, 1480.

El tiempo es un recurso no renovable. Inexorablemente éste es finito para cada ser humano y lo es también para nuestro planeta.

De acuerdo con estimaciones de astrónomos y geofísicos, dentro de cinco mil millones de años, cuando el Sol muera, todo el sistema solar, incluyendo nuestro planeta, morirá con él. Habrá consumido el combustible de su núcleo: el hidrógeno; su tamaño será diez veces el que tiene hoy y se comerá a todos los planetas, entre ellos, la Tierra.

Sin duda, lo inexorable del fin medido en esa escala de tiempo no ocupa pensamiento alguno. Sin embargo, la percepción de la temporalidad es muy distinta al hablar de una nueva extinción masiva. Para 2100 se predice la sexta extinción masiva en la Tierra, como consecuencia de la desestabilización del ciclo de carbono.

Cada episodio de extinción surgió debido a procesos que trastornaron el ciclo natural de absorción de carbono en atmósfera y océanos. Esta nueva perturbación, hoy es provocada por el ser humano y será la primera extinción masiva presenciada por él.

Científicos de universidades, expertos de Greenpeace y de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) coinciden en que las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) han elevado, aproximadamente un grado centígrado la temperatura global, respecto a los niveles preindustriales.

En octubre de 2018, el Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) publicó un reporte titulado “Calentamiento Global de 1.5°C”, en donde enfatiza el objetivo de limitar el Cambio Climático para prevenir la pérdida de biodiversidad. Es probable que el calentamiento del planeta llegue a 1.5°C entre 2030 y 2052 si continúa aumentando al ritmo actual. ¿Por qué es necesario e incluso vital detener el incremento de la temperatura global por debajo de 1.5°C? Porque la adaptación será menos difícil.

El impacto negativo en biodiversidad y seguridad alimentaria se reducirá. La meta de 1.5°C persigue paralelamente, ganar tiempo; el necesario para adaptarnos, desarrollar nuevas metodologías de consumo, mitigar los gases de efecto invernadero, encontrar regiones resilientes al clima, erradicar la pobreza y reducir la inequidad en sus aspectos multidimensionales en favor de un desarrollo sostenible y sustentable. Es necesario ganar tiempo.

Han pasado dos años desde la publicación de este reporte y se vislumbra complejo el horizonte para cumplir dicha meta. La decisión por parte de Estados Unidos de retirarse del Acuerdo de París, tuvo efectos negativos a nivel global; aumentaron las presiones populistas y nacionalistas de otros países para hacer lo mismo e ignorar los compromisos de emisiones asumidos. México se comprometió a una reducción no condicionada del 25% de sus emisiones, a generar 35% de energía limpia en 2024 y 43% al 2030. Los hechos hablan por sí solos.

Recomponer el rumbo hacia un mundo bajo en emisiones es posible, pero algo es indudable: el tiempo no regresa. Cada unidad de tiempo desperdiciada sin revertir dicha tendencia representa una fracción del PIB mundial destinado a la inversión en procesos para revertir los daños ambientales. El tiempo para llegar al punto de no retorno es finito y se está por concluir.  El valor de la palabra tiempo por sí misma es enorme; cuando se le agrega un propósito de acción éste se multiplica, igual que cuando se descubre que el tiempo está por terminar.

En 2018, el Instituto de Política Medioambiental Europea (IEEP) publicó un reporte titulado “Think2030”, en el cual propuso 30 acciones para realizar en la Unión Europea; constituye una estrategia coherente en respuesta al Cambio Climático, cuyo propósito es lograr la transición a la prosperidad, bienestar, naturaleza, gobernanza, paz y seguridad deseadas en 2030.

Estamos en 2020, tempus fugit o el tiempo vuela. Debemos cambiar de trayectoria como humanidad en los próximos 10 años, pero sin una transformación social, el desarrollo sostenible será muy difícil de lograr.

Admiro la visión europea, por los liderazgos femeninos que contagian su ímpetu y que proponen rutas de transición hacia 2030 con pilares bien definidos, todos ellos sociales. Yo sugeriría uno más: el tiempo; porque si bien la justicia social y la equidad son aspectos centrales para construir las vías de desarrollo resilientes al clima, la única manera efectiva para poner en acción a gobiernos, empresas e individuos es con la educación sobre el impacto que tiene el tiempo en la consecución de nuestros anhelos y en el vencimiento de nuestros miedos.

La humanidad da por hecho que tiene tiempo; mientras en muchos aspectos sociales se lucha por la democratización del recurso: información, agua, voz, voto, educación y dinero, el tiempo nació democratizado. ¿Será ésta la razón por la cual lo obviamos?

No quiero imaginar los resultados que la Biotecnología conseguirá a finales de este siglo. De acuerdo con el científico William A. Haseltine “lo natural en la vida no es la mortalidad, sino la inmortalidad. El ADN es una molécula inmortal”. Cuando los avances genómicos logren hacer que el cuerpo humano dure indefinidamente, además de muchos problemas éticos y alimentarios, la desvalorización del tiempo será un problema social mucho mayor que en la actualidad. Para llegar a ese punto, primero hay que estabilizar el incremento de la temperatura.

Si queremos un planeta sostenible en 2100, debemos conseguir una meta muy agresiva para 2030. Extrapolar el aprovechamiento del tiempo es un marco de referencia que nos permitirá usar un recurso no renovable en la educación sobre sostenibilidad.

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