Ramsés Pech
Grupo Caraiva – Grupo Pech Arquitectos
China ha fortalecido la diversificación de sus exportaciones dentro del continente asiático, contribuyendo a una profunda reconfiguración de los flujos comerciales internacionales. Su posición actual en América Latina está sujeta a posibles cambios debido a las presiones ejercidas por Estados Unidos sobre los países de la región.
Un estudio realizado recientemente por el Centro de Estudios Internacionales UC (CEIUC) señala que “América Latina enfrenta la necesidad de adaptar su relación con las dos principales potencias globales, Estados Unidos y China, que concentran una parte sustantiva de su comercio exterior, inversión y financiamiento.
En un escenario de creciente presión geopolítica, marcado por una administración Trump orientada a reforzar la seguridad económica en el hemisferio y a contener la proyección china, los países de la región se ven forzados a actuar bajo una lógica de ‘realismo estratégico’, equilibrando intereses económicos con consideraciones de seguridad y autonomía política. Mientras Estados Unidos ha endurecido sus políticas migratorias, comerciales y el uso de sanciones económicas, China ha respondido ampliando su presencia financiera en la región, anunciando líneas de crédito por 9,000 millones de dólares.
Si bien Washington ha sido históricamente el actor dominante, en las últimas dos décadas Beijing se ha consolidado como un socio estructural a través del comercio, la inversión directa y el financiamiento de infraestructura, reduciendo el margen de exclusividad estadounidense en el hemisferio”.
El plan desde Washington
Ante esta situación, Estados Unidos realizará el próximo 7 de marzo una reunión con algunos países del continente americano, cuyo objetivo principal será articular un bloque regional para frenar la influencia de China en la región. Actualmente, son siete los países invitados, y entre los que no están incluidos hasta el momento se encuentran México, Brasil, Venezuela y Colombia, debido a que en estos existe una estrategia bilateral en curso.
En la actualidad, los acontecimientos en Venezuela, Cuba, Colombia y México pueden analizarse en el contexto de la presión ejercida por Estados Unidos en áreas como las finanzas, la economía, la seguridad y el comercio. La estrategia actual hacia estos países surge, en parte, como resultado del descenso de la producción de petróleo crudo en Venezuela, lo que generó dependencia de esta materia prima en varios países latinoamericanos, incluyendo Cuba, mientras que la disminución de la producción petrolera en México también contribuyó a la situación.
Esta coyuntura fue aprovechada por Estados Unidos a partir de 2020 y se consolidó para su implementación en 2026. A corto plazo, el objetivo de Estados Unidos es eliminar los acuerdos comerciales establecidos por China en algunos países de América Latina bajo la Iniciativa de la Franja y la Ruta.
La iniciativa fue lanzada en 2013 por China con el propósito de exportar su exceso de capacidad industrial, garantizar rutas seguras para el suministro energético y fortalecer su influencia económica y política a nivel internacional. Actualmente, aproximadamente 150 países forman parte de esta propuesta, incluyendo 20 naciones de América Latina y el Caribe. Entre estos se encuentran algunos países que participaron en la reunión convocada por el presidente Trump en marzo.
La relación con Latinoamérica
A pesar de mantener una relación comercial significativa con China, Brasil y México no han suscrito formalmente su adhesión a la Iniciativa de la Franja y la Ruta hasta la fecha, aunque ambos cuentan con proyectos de infraestructura financiados por empresas chinas.
En América Latina, China opera principalmente a través de préstamos estatales y financiamiento de proyectos, utilizando diversos mecanismos económicos y estratégicos para recuperar la inversión. Entre estos mecanismos se encuentran los créditos otorgados por bancos estatales chinos; acuerdos de “préstamo por petróleo” o acceso prioritario a minerales críticos como litio y cobre; la operación directa de infraestructura construida (puertos, peajes, energía) durante períodos prolongados; así como el uso exclusivo de maquinaria, materiales y mano de obra de empresas estatales chinas.
Estas estrategias fueron aprendidas al observar prácticas implementadas históricamente por Estados Unidos. China ha logrado consolidarse globalmente gracias al desarrollo tecnológico, impulsado por el traslado de empresas estadounidenses al país asiático y el aprendizaje resultante, que permitió la creación de una industria propia.
La influencia del país asiático puede afectar la seguridad energética, minera, financiera, cultural, política, social y comercial de Estados Unidos, lo que podría limitar su acceso a los recursos naturales del continente americano. Esto generaría una mayor dependencia de otros países fuera de la región, incrementando los costos e impactando negativamente en su macroeconomía.
Energéticos clave
Por ello, Estados Unidos busca mantener el control sobre petróleo crudo, gas natural, tierras raras, materiales críticos y rutas comerciales dentro del continente americano. Venezuela y Cuba se posicionan como focos de ruptura frente a China en la región, asegurando una alineación estratégica a largo plazo.
Actualmente, China busca consolidar el control sobre activos energéticos en América Latina, evolucionando de una simple extracción de recursos a una integración estratégica en toda la cadena de valor, con el objetivo de limitar el acceso de Estados Unidos, que ya ha mostrado preocupación al respecto. El país asiático no solo participa en la obtención de energía, sino que también se ha convertido en el principal operador de infraestructuras de distribución, posicionándose como un actor clave en el manejo energético de varios países de la región.
Desde su implementación formal en América en 2017, la Iniciativa de la Franja y la Ruta ha propiciado un notable incremento en el comercio energético. Por ejemplo, las exportaciones de energía de la región hacia China experimentaron un crecimiento del 47% durante los primeros años. En la actualidad, el enfoque chino se orienta hacia la denominada “Ruta de la Seda Verde”, con prioridad en proyectos de energía solar, eólica e hidroeléctrica, así como en la extracción de minerales críticos, como litio y cobre, fundamentales para la tecnología energética global.
A ello se suma el cambio realizado recientemente por Estados Unidos al modificar su normativa climática, permitiendo la continuidad de los combustibles fósiles y desacelerando la transición hacia vehículos eléctricos, un mercado en el que China había liderado a escala mundial.

Es pertinente plantear la siguiente cuestión: en caso de que algunos países con deudas o compromisos comerciales posean cláusulas de salida, ¿de qué manera podría China recuperar las inversiones realizadas en naciones del continente americano?
Asimismo, cabe preguntarse si los acuerdos presentan el riesgo de una “trampa de deuda”, lo cual podría dificultar a los países el cumplimiento de sus obligaciones financieras con la nación asiática. ¿Podría el país asiático “cobrarse a lo chino”, tomando el pago de una deuda por cuenta propia, sin el consentimiento explícito o inmediato del deudor?
La estrategia de Estados Unidos resulta evidente: establecer una relación comercial directa para la obtención de recursos naturales y energías primarias, los cuales son enviados a su industria para su transformación y posterior venta como productos procesados a los países del continente americano que se alinean con la nueva geopolítica energética, financiera y comercial.
Durante 2025, el comercio mundial mostró un proceso de adaptación forzada, registrando un crecimiento estimado entre 2.4% y 2.8%. Sin embargo, las proyecciones para 2026 anticipan una expansión limitada, situándose entre 0.5% y 0.8%, atribuida principalmente a la imposición de aranceles y al aumento de la incertidumbre comercial.
De acuerdo con UNCTAD (2025), Estados Unidos concentra aproximadamente el 13% del comercio global, por lo que sus decisiones unilaterales están generando desvíos comerciales hacia mercados con mejores condiciones de acceso; no obstante, estos desvíos estarán determinados por el comportamiento del consumo y la demanda en dichos mercados.
Ante este escenario, cabe cuestionar si México está preparado para modificar su actual diplomacia en materia de comercio, energía y logística, o bien se ajustará a las nuevas condiciones, en las que numerosos países del continente americano privilegian el flujo de inversiones directas provenientes de Estados Unidos y optan por involucrarse en la dinámica energética y comercial que dominará la próxima década.
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